
La última película del norteamericano Jim Jarmusch es un tríptico de historias que por momentos tiene reminiscencias a Paterson, en su poética; por otros a Coffee & Cigarettes o a Night On Earth, en su estructura. El cineasta trabaja sobre el silencio de su acotado elenco de selectas y desconocidas estrellas. Padre Madre Hermana Hermano cuenta con la buena química de sus protagonistas y un diseño de producción tan simple como elegante, pero el resultado final es algo ambiguo.
La poética de lo no dicho
Una madre, fuera de campo. Un padre, Tom Waits. Un hijo y una hija, que al comenzar la película vemos llegar en auto a un pueblo perdido del estado de New Jersey. Sendos hijos, hermano (Adam Driver) y hermana (Mayim Bialik), van a realizar una visita a la casa de su padre, a quien no ven hace añares. En la ruta, intercambian palabras sobre su progenitor, pero afloran ciertas discontinuidades en el relato que van construyendo sobre él.
Con mucho humor, se cierne el misterio sobre la figura del padre: ¿Acaso oculta algo? ¿Está gagá? Los hijos tienen posturas muy diferentes, y parte de la gracia de este primer relato reside en que no spoilear nada. Ya en la casa del avejentado Tom Waits, se pone a disposición todo el ceremonial y protocolo de la institución familiar. Charla trivial, preguntas esquivas y silencios incómodos. El manejo de la tensión del señor Jarmusch es una de las mayores virtudes del film. Y los momentos en los que nada pasa, son los mejores momentos.

¿Y el remate?
Para quienes hayan ido desprevenidos al cine, el título pudo haberlos llevado a la confusión. No, no se trata de una historia a lo Rashomon. No vamos a ver el punto de vista de cada uno de los personajes que forman el sintagma que da nombre a la obra. Termina “Father”, la primera historia, y arranca “Mother”, pero ahora estamos en Dublin y hay dos hijas. Y sí, nos quedamos con ganas de saber más acerca de la primera familia. Es justamente esa simplicidad (una marca autoral) en la resolución de las tres historias lo que puede jugarle en contra al largometraje.
Para esta segunda historia tenemos a dos hermanas (Vicky Krieps y Cate Blanchett), sumamente disímiles, enfrentadas a una madre (Charlotte Rampling) que solo ven una vez al año. La puesta en escena de la merienda es como un muro aislante para las emociones. Ninguna de las hijas dice nada para no decepcionar o mostrar debilidad ante la seriedad y elegancia de su juiciosa mamá.

Que no se confunda la falta de remate y la poca empatía (recompensada en el último corto) que muestran algunos personajes. Si a eso le sumamos su estructura de “mini historias”, podríamos llegar a emparentarla con la misantropía de Homo Argentum. La comparación es superficial ya que, por suerte, el veterano Jarmusch de 73 años es un hábil observador de la cotidianeidad. En su hora cuarenta de duración se desarrollan las fijaciones del realizador, con sus habituales frases, temas de conversación, objetos y planos repetidos a lo largo de los tres cortos.
La familia no se mancha
Ganadora del León de Oro en el Festival de Cine de Venecia de 2025, Father Mother Sister Brother vuelve a repetir una estructura ya explorada por Jarmusch. Las antologías no le son ajenas: primero realizó Mystery Train, luego Night On Earth y, ya en este siglo, Coffee & Cigarettes. Sin embargo es la primera vez que un film suyo gira en torno a la familia.
Con su última historia, “Sister Brother”, se nos presenta a una hermana (Indya Moore) y un hermano (Luka Sabbat) en París. La diferencia de este cierre radica en su dulzura, marcando un contraste notable con las historias anteriores. Los hijos no se reúnen con sus padres, sino en ausencia de ellos, tras su muerte en un accidente. La nostalgia, la casa y los secretos que ella y sus progenitores ocultan serán el motivo de este corto.

Father Mother Sister Brother es una experiencia placentera, pero no descolla ni tiene el vuelo poético de trabajos como Paterson o Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999). Quedará en cada espectador descifrar los misteriosos signos esparcidos por el metraje o dejarse conmover por la cadencia de las conversaciones y mutismos que mantienen los personajes.